CÓMO NO SER DÉBIL, IMPACIENTE Y DEPENDIENTE

Si estás leyendo esto, probablemente perteneces a la última generación que convivió con tecnología poco confiable.

En algún lado leí que el hecho de que nuestro automóvil encienda bien al primer intento es un asunto realmente novedoso en la historia. Todavía hasta la década de los ochentas, lo normal era esperar un mal funcionamiento, independientemente del modelo o fabricante. En el gran esquema de las cosas, es reciente que la industria se convirtió en un proveedor confiable de este producto de uso masivo.

Piensa en esas situaciones incómodas con la televisión analógica que requerían nuestros ajustes constantes de la antena para captar una señal. La movías delicadamente de un lado a otro para conseguir una imagen decente. ¿Nitidez? Caray, no éramos exigentes.

Recuerda también lo frustrante de configurar tu modem para descargar a velocidades insoportables archivos que en aquellos días nos quitaban el sueño en nuestra ansiedad por saber si habíamos logrado descargarlos y que hoy en un abrir y cerrar de ojos literal los tenemos a nuestra disposición en cualquier dispositivo del mundo.

Resulta que las personas mayores que están comenzando a utilizar bocinas inteligentes en su vida diaria han logrado dominar con éxito sus interacciones con Google, Alexa, Siri y compañía. La forma más lineal —y probablemente errónea— de pensar en esto es que la experiencia de usuario (UX) diseñada por las grandes mentes dentro de estas empresas cumplieron su cometido con el cliente final.

La realidad va por otro lado. Las personas mayores de hoy crecieron acostumbradas a no esperar magia por parte de la tecnología. Saben que hay que ser pacientes. Saben que tienen que oprimir por aquí y por allá para conseguir resultados. Si lo que hacen no funciona, voltean el aparato y encuentran otro modo. Lo reinician. Hacen todo lo necesario para llegar al destino deseado con él.

Si tienes un smart speaker en tu vida y te has querido arrancar el cabello cuando te responde tonterías ante solicitudes sencillas que le haces, sabes a lo que me refiero con el hecho de que esta tecnología no es todavía fantástica y requiere mucha paciencia y entrenamiento. Por eso es que los adultos mayores consiguen ejecutar algunas cosas con ellos, porque en su visión son simplemente una pieza de metal más que requiere insistencia y curiosidad por parte del usuario para funcionar.

Hace años escuché el término “la generación del botón”. Tiene que ver con esa adicción que tú y yo tenemos a hacer clic en algún elemento en pantalla y exigir que ocurra algo, lo que sea. Demandamos siempre una reacción inmediata. Esto es una laguna psicológica tremenda que las apps emplean para tener nuestros ojos, alma, corazón, y dedos pegados a ellas: siempre, siempre, siempre está sucediendo algo, sea un comentario, una notificación, una actualización. Entiende que el éxito de plataformas como Instagram, Amazon o Twitter no es su programación sino la poderosa investigación psicológica de vanguardia detrás de escenas. No decidimos cuándo revisar nuestros mensajes. No decidimos a qué hacer clic. Nos regalan la ilusión de que estamos en control del asunto, pero no. Y para demostrártelo, desactiva todas las notificaciones y dime cómo te sientes. Quítale todos los sonidos a tu smartphone y dime cómo te sientes. Abandónalo totalmente por un par de días y dime cómo te sientes.

La tecnología a la que tenemos acceso hoy en día nos permite cosas increíbles, claro. Puedo comenzar a escribir este artículo en la computadora de mi oficina en casa, agregar notas desde mi celular en los semáforos rojos y terminarlo en el restaurante donde voy a desayunar. Lo cargo en la red y enseguida comienza a distribuirse automáticamente por todo el mundo. Y así, como algo mágico, extraños lo consumen hoy y extraños lo consumirán décadas después.

Mi hija de cinco años es fanática de la creación en TikTok. Si por ella fuera, tendría activada ya su marca personal. Ocasionalmente mamá la deja jugar con la aplicación sin posibilidad de compartir públicamente. La nena graba su baile. Analiza los ángulos. Graba otros movimiento. Se toma su tiempo para agregar elementos. Nos muestra con orgullo su pieza de contenido. Cinco años. La primera vez que tuve que editar video en mi vida fue seguramente durante mis estudios universitarios. Y todavía no lo hago bien. Yo no ando en TikTok porque cuando intenté ejecutar ahí de manera directa, bueno, entendí el tiempo de producción que todo aquello que parece simple y genial realmente tiene detrás. Prefiero concentrarme en esto que ya hago mucho mejor, escribirte a ti, querida lectora, querido lector.

Lamentablemente, el hecho de que la tecnología a nuestro alcance sea genial no significa que nuestra mentalidad y ejecución irán a la par. Estamos siendo los niños que heredan un imperio. Algunos buscaremos mantenerlo, otros crecerlo y algunos más lo sabotearemos, con o sin voluntad. Dado que ninguno de nosotros lo construyó, es imposible que podamos apreciar lo que tenemos realmente en nuestro poder. Es como parir, no hables como si entendieras si jamás lo has experimentado.

Lo más seguro es que desperdiciaremos casi todo este capital tecnológico a nuestra disposición.

¿Pueden tus hijos soportar la televisión tradicional donde sus caricaturas favoritas no están disponibles en el momento exacto en que ellos las quieren ver? ¿Puedes tú?

¿Pueden tus hijos ver una pantalla sin creer que automáticamente debe ser táctil?

¿Puedes pasar semanas sin tener noticias de tu entorno como antes pasábamos el tiempo esperando al cartero?

Ya sé que ahora las cosas son mejores en todos estos sentidos. Qué asombroso esto de la televisión on-demand y las apps de comunicación en tiempo real. Son beneficios, sí, pero son beneficios que nos están haciendo bastante débiles, muy impacientes, extremadamente dependientes.

No sé si la respuesta a esto sea convertirnos al ludismo, ya sabes, ese movimiento en contra del progreso tecnológico. Irnos a cuevas o instalar al menos jaulas de Faraday en nuestros hogares para desconectarnos totalmente.

Creo, eso sí, que debemos aceptar primero nuestro gran problema como la generación del botón que somos. Si no entendemos la condición crítica en que nos encontramos donde todo debe ser rápido, fácil y accesible, haremos que la brecha entre la élite y el resto de nosotros se agrande de forma imposible.

Aquellos que puedan poner su disciplina emocional, mental y física en problemas grandes y sostener su interés y ejecución en ellos, son quienes tendrán oportunidades genuinas para construir la vida personal y profesional que desean.

Tú y yo no podremos llegar ahí mientras sigamos siendo miembros notables de la generación del botón, mientras sigamos siendo adictos a reacciones inmediatas de todo lo que usamos, mientras sigamos solamente favoreciendo nuestra interacción con lo que es fácil, rápido y accesible.

Tenemos que cambiar nuestro entrenamiento diario.

Tenemos que hackear nuestra disciplina.


Escrito por Aarón Benítez.